Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Escuchad —respondió Felton con voz apenas perceptible—, he alejado al centinela para permanecer aquà sin que sepan que he venido y hablar con vos sin que puedan oÃrme. El barón acaba de contarme una historia espantosa.
Milady se sonrió como una vÃctima resignada y movió a uno y otro lado la cabeza.
—O sois un demonio —continuó Felton— o el barón, mi bienhechor, mi padre, es un monstruo. A vos os conozco hace cuatro dÃas, a él le amo desde hace dos años; puedo, pues, titubear entre él y vos: que no os asuste lo que voy a deciros, pero es menester que en mi ánimo entre el convencimiento. Esta noche, pasada la media, vendré para que me convenzáis.
—No, Felton, hermano mÃo —dijo milady—, el sacrificio es demasiado grande, y sé que os cuesta. No, si yo estoy perdida, no os perdáis vos conmigo. Mi muerte será mucho más elocuente que mi vida, y el silencio de un cadáver os convencerá como no os convencerÃan las palabras de una presa.
—Callaos, señora —profirió Felton—, no me digáis tales palabras; he venido para que me juréis por vuestra honra, por lo que tenéis de más sagrado, que no atentaréis contra vuestra vida.
—No puedo prometer —dijo milady—, porque no habiendo quien respete más que yo un juramento, si prometiera deberÃa cumplir.