Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Qué significa eso? —exclamó lleno de admiración el gigante al ver a nuestro mozo.
—El caballero con quien me bato —dijo Athos, señalando con la mano a D’Artagnan y saludándole con el mismo movimiento.
—También me bato yo con él —repuso Porthos.
—Pero a la una —arguyó D’Artagnan.
—Y yo me bato también con el caballero —dijo Aramis, llegando a su vez.
—Pero a las dos —profirió el gascón con el mismo sosiego.
—¿Y por qué te bates tú? —preguntó Aramis a Athos.
—No lo sé muy bien; me ha lastimado el hombro. ¿Y tú, Porthos?
—Hombre, yo me bato porque sà —respondió el gigante, sonrojándose.
Athos, a quien nada le pasaba inadvertido, vio vagar una sonrisa por los labios del gascón.
—Hemos tenido una disputa respecto al tocado —dijo el mozo.
—¿Y tú, Aramis? —preguntó Athos.
—¿Yo? Me bato por razones teológicas —respondió Aramis, rogando al mismo tiempo y por medio de una seña a D’Artagnan que nada dijese sobre la causa de su duelo.