Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿De veras? —preguntó Athos, que vio vagar por los labios del gascón otra sonrisa.

—De veras, un punto de san Agustín sobre el cual no estamos de acuerdo —dijo D’Artagnan.

—Realmente, es hombre de chapa —murmuró Athos.

—Ahora que estáis reunidos, señores —profirió D’Artagnan—, permitidme que me disculpe.

Al oír esta última palabra, por la frente de Athos pasó una nube, por los labios de Porthos vagó una sonrisa de altivez y Aramis hizo un signo de negativa.

—Veo que no me comprendéis —repuso D’Artagnan irguiendo la cabeza, de la que en aquel instante un rayo de sol hacía resaltar las correctas y enérgicas líneas—; no os pido sino que me disculpéis en el caso de que me halle imposibilitado de pagaros a los tres mi deuda, pues m. Athos es el que primeramente tiene el derecho de matarme, lo que cercena grandemente el valor a vuestro crédito, m. Porthos, y hace casi ilusorio el vuestro, m. Aramis. Repito pues que me disculpéis, pero de eso solamente, y basta. ¡En guardia!

Pronunciando estas palabras, D’Artagnan desenvainó su espada con ademán de lo más caballeresco.

Nuestro gascón, a quien ya se le había subido la mostaza a las narices, habría echado mano de su espada contra todos los mosqueteros del reino, como acababa de hacerlo contra Athos, Porthos y Aramis.


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