Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Eran las doce y cuarto. El sol estaba en su cenit y con sus encendidos rayos caldeaba el teatro del duelo.

—Hace mucho calor —dijo Athos, desenvainando—; pero no me decido a quitarme el jubón porque he sentido que mi herida aún sangraba y temería molestar al caballero mostrándole sangre no derramada por él.

—Decís bien —repuso D’Artagnan—, pero derramada por otro o por mí, tened la certeza de que veré con profundo pesar la sangre de un hidalgo tan valiente como vos; así pues también me batiré yo con jubón.

—Venga, basta de palabritas melosas, y acordaos de que estamos aguardando nuestra vez —dijo Porthos.

—Cuando se os ocurra soltar semejantes patochadas, hablad para vos solo, amigo Porthos —interrumpió Aramis—. Por lo que a mí reza, hallo oportunísimas y dignas de dos hidalgos las cosas que se dicen esos caballeros.

—A las órdenes, caballero —dijo Athos poniéndose en guardia.

—Esperaba las vuestras —repuso D’Artagnan, cruzando su acero con el de su adversario.

Pero apenas había resonado el choque de las espadas, cuando apareció en la esquina del convento una sección de guardias de su eminencia mandada por m. de Jussac.


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