Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Los guardias del cardenal! —exclamaron a una Porthos y Aramis—. ¡Señores! ¡Envainad las espadas!
Pero ya era tarde; los dos adversarios habÃan sido vistos en actitud que no daba lugar a duda respecto de sus intenciones.
—¡Deténganse! —exclamó Jussac, acercándose a ellos y haciendo seña a los suyos de que le imitarán—. ¿Conque os batÃs aquÃ, señores mosqueteros? ¿Y los edictos? ¿Son acaso letra muerta?
—Sois muy generosos, señores guardias —dijo Athos con rencoroso acento, pues Jussac era uno de los agresores de la antevÃspera—. Si nosotros os viésemos batiros, os respondo que nos guardarÃamos de impedÃroslo. Dejadnos hacer, pues, y vais a recibir gusto sin tomaros ningún trabajo.
—Señores, con profundo pesar debo deciros que lo que me pedÃs es imposible —contestó Jussac—. Nuestro deber se antepone a todo. Hacedme pues la merced de envainar y seguirnos.
—Caballero —profirió Aramis, parodiando a Jussac—, tendrÃamos sumo placer en obedeceros si esto dependiese de nosotros; pero por desgracia es imposible: nos lo ha prohibido m. de Tréville. Asà pues, lo mejor que podéis hacer es pasar de largo.
—Si desobedecéis, os atacaremos —dijo Jussac, exasperado por la chanza de Aramis.