Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Echaos a un lado, mocito —exclamó Jussac, que indudablemente en los ademanes y en la expresión de su semblante adivinara el designio de D’Artagnan—. Os autorizamos para que os retiréis. De prisa, salvad el pellejo.

D’Artagnan no se movió.

—De veras sois mozo de prendas —dijo Athos, estrechando la mano del joven.

—Decidíos de una vez —profirió Jussac.

—O herrar o quitar el banco —dijeron Porthos y Aramis.

—El caballero —repuso Athos, señalando a D’Artagnan— se nos brinda con generosidad digna de encomio.

Pero los tres mosqueteros pensaban en la juventud de nuestro gascón y temían su inexperiencia.

—No seríamos más que tres, uno de nosotros herido, y un niño —profirió Aramis—, a pesar de lo cual dirán que éramos cuatro hombres.

—Sí —repuso Porthos—, pero ¡retroceded!

—Es difícil —añadió Athos.

—Sea lo que fuere —dijo D’Artagnan, que comprendió la irresolución de los mosqueteros—, pónganme vuestras mercedes a prueba, y por mi honor les juro que no salgo de aquí si somos vencidos.

—¿Cómo os llaman, mi buen amigo? —preguntó Athos.


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