Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Ah! —suspiró Buckingham—. ¡Alabado sea Dios! ¡Mi muerte no será para ella la de un extraño!

La Porte se echó a llorar.

—Patrice —dijo el duque—, traedme la arquilla donde estaban los herretes de diamantes.

El ayuda de cámara trajo la arquilla, que La Porte conoció por haber pertenecido a la reina.

—Ahora, el saquito de raso blanco que ostenta su cifra bordada de perlas.

Patrice cumplió este nuevo deseo de su amo.

—Tomad, La Porte —dijo Buckingham—, este cofrecito de plata y estas dos cartas; son las únicas prendas que de ella poseía. Devolvedlas a su majestad; y como último recuerdo —añadió el duque, buscando en torno de sí algún objeto—, añadiréis…

El duque continuó buscando; pero sus ojos, velados por la muerte, no encontraron más que el cuchillo caído de las manos de Felton y en cuya hoja todavía humeaba la sangre.

—Añadiréis este cuchillo —repuso el duque, estrechando la mano de La Porte.

Buckingham pudo todavía meter el saquito en la arquilla de plata, dejó caer en esta el cuchillo, indicando a La Porte que ya no le era posible hablar, y tras una postrera convulsión, que ya no tuvo fuerzas para dominar, se deslizó del sofá al suelo.

Patrice lanzó un gran grito.


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