Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Buckingham quiso sonreír una postrera vez; pero la muerte atajó su pensamiento, que le quedó grabado en la frente como un último beso de amor.

En esto llegó todo despavorido el médico del duque, al cual se había tenido que ir a buscar a bordo de la capitana, y acercándose a la víctima, le cogió la mano para soltársela después de haberla retenido por un instante entre las suyas.

—Todo es inútil —dijo el médico.

—¡Muerto! ¡Muerto! —exclamó Patrice.

A estas voces invadieron el gabinete los que estaban en las piezas inmediatas, y en todas partes no reinó más que la consternación y el tumulto.

Lord Winter, en cuanto vio que Buckingham había expirado, salió al encuentro de Felton, a quien los soldados seguían custodiando en la azotea del palacio.

—¡Miserable! —dijo al teniente el barón, que después de la muerte del duque recobrara la calma y la serenidad que ya no debían abandonarle—. ¡Miserable! ¿Qué has hecho?

—Me he vengado —respondió Felton.

—¡Tú! —exclamó el barón—, di que has servido de instrumento a esa mujer maldita; pero te juro que este será su último crimen.


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