Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No sé qué queréis decir —repuso tranquilamente el puritano—, e ignoro de quién queréis hablarme, milord; he matado a m. Buckingham porque por dos veces os ha negado nombrarme capitán; lo he castigado por su injusticia, nada más.
El barón, estupefacto, miraba a los que estaban atando a Felton, y no sabÃa qué pensar de tamaña impasibilidad.
Sin embargo, solo una cosa oscurecÃa el semblante del criminal. Cada vez que oÃa un ruido, el simple puritano creÃa conocer en él el de los pasos y la voz de milady, que venÃa a arrojarse en sus brazos y a perderse con él.
De improviso, Felton se estremeció, fijó los ojos en un punto del mar, que desde la azotea donde él se hallaba se descubrÃa en toda su extensión hasta el horizonte, y con la mirada de águila del marino conoció allà donde otro no habrÃa visto más que una gaviota meciéndose sobre las olas la vela de la balandra que navegaba en busca de las costas de Francia.
Felton perdió el color, se llevó la mano al corazón, que amagaba reventársele en el pecho, y comprendió la traición de milady.
—Milord —dijo el teniente—, concededme una postrera merced.
—¿Cuál? —preguntó lord Winter.
—¿Qué hora es?