Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Al mozo el corazón parecía querer saltársele del pecho, tan aceleradamente le latía, pero no de miedo, eso no, pues ni sombra de él tenía, sino de emulación; se batía como tigre enfurecido, girando en torno de su contrario cual torbellino, cambiando de guardias y de terreno a cada instante. Jussac era, como entonces se decía, goloso de la espada, y tenía larga práctica en el manejo de ella; sin embargo, a duras penas conseguía defenderse contra un adversario ágil y brincador, que a cada dos por tres se apartaba de las reglas admitidas y atacaba a la vez por todos lados, mientras paraba como hombre que respeta en grado sumo su epidermis.
Esta lucha acabó por apurar la paciencia de Jussac, el cual, furioso de que le tuviese en jaque un niño, como él juzgaba a D’Artagnan, se exasperó y empezó a cometer faltas. Nuestro gascón, que si no práctico era profundamente teórico, redobló su agilidad.
Resuelto a concluir de una vez, Jussac tiró una terrible estocada a su adversario, yéndose a fondo; pero el mozo paró el golpe, y en el instante en que Jussac volvía a levantarse, se deslizó como una sierpe por debajo de su espada y lo atravesó de parte a parte. Jussac cayó como un tronco.