Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan lanzó entonces una rápida e inquieta mirada sobre el campo de batalla. Aramis había acabado ya con uno de sus adversarios, y aunque el otro lo atacaba con ardor, todavía estaba aquel en buenas condiciones y podía defenderse; Biscarat y Porthos acababan de dar golpe doble, del que este salió con una estocada en un brazo, y el otro con un muslo atravesado; pero como las heridas no eran graves, solo contribuyeron a exacerbar el furor de los duelistas. Athos, nuevamente herido por Cahusac, palidecía a la vista de los ojos, pero no cedía un palmo de terreno; lo único que hizo fue pasar su espada de la diestra a la siniestra.

Mientras nuestro mozo buscaba con los ojos cuál de sus compañeros necesitaba ayuda, sorprendió una mirada de Athos, mirada sublime, más elocuente que cuanto pudiera haber dicho el mosquetero, que antes habría sucumbido que pedir socorro; pero si no hablar, a Athos le era permitido mirar, y con la mirada solicitar apoyo. D’Artagnan, que adivinó la muda petición, y, según las leyes del duelo de aquel tiempo, podía auxiliar a quien bien le pareciese, dio un salto terrible, y se echó sobre Cahusac, gritando:

—¡A mí, señor guardia, que os mato!

Cahusac se volvió, y por cierto a tiempo, pues Athos, a quien solo sostenía en pie su extraordinario valor, acababa de caer sobre una de sus rodillas.


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