Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Maldita sea! —gritó Athos a D’Artagnan—, no lo matéis; tengo que saldar con él una antigua cuenta cuando me halle curado y repuesto. Desarmadlo tan solo, ligadle la espada. Esto es. ¡Bien, muy bien!

Esta exclamación se la arrancó a Athos la espada de Cahusac, que fue a parar a unos veinte pasos, y tras la cual se lanzaron su dueño y D’Artagnan, el uno para recobrarla y el otro para apoderarse de ella; pero el gascón, más listo, llegó primero y puso el pie sobre el arma.

Entonces Cahusac se abalanzó sobre el cuerpo del guardia a quien Aramis matara, se apoderó de su espada, y se dispuso a embestir a D’Artagnan; pero en su camino se encontró con Athos, que había recobrado aliento durante el reposo que le procurara el mozo y, temeroso de que este acabara con su enemigo, quería anudar el duelo.

D’Artagnan comprendió que disgustaría a Athos si no le dejaba hacer; y, en efecto, poco después Cahusac cayó con la garganta atravesada.

En aquel mismo instante, Aramis apuntaba su espada al pecho de su adversario derribado, y le obligaba a pedir cuartel.


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