Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Quedaban Porthos y Biscarat. Porthos hacía mil fanfarronadas, preguntando a su contrincante qué hora era, y dándole la enhorabuena por la compañía que acababa de obtener su hermano en el regimiento de Navarra; pero con sus burlas nada adelantaba. Biscarat era uno de esos hombres infatigables que solo caen muertos.

Con todo eso era menester concluir, pues de un momento a otro podía llegar la patrulla y echar el guante a todos los combatientes heridos o no, monárquicos o cardenalistas. Athos, Aramis y D’Artagnan rodearon a Biscarat y le intimaron la rendición; pero este, aunque solo contra todos y con el muslo atravesado de una estocada, estaba resuelto a resistir. Entonces Jussac, que se había incorporado, le dijo que se rindiera. No obstante, Biscarat, que era gascón como D’Artagnan, se hizo el sordo, se rió, trazó, entre dos paradas, una línea en el suelo con la punta de la espada, y parodiando un versículo de la Biblia, exclamó:

—Aquí morirá Biscarat, el único de los que están con él.

—Pero ¿no ves que son cuatro contra ti? —profirió Jussac—; ríndete, te lo ordeno.


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