Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Ah!, si me lo ordenas es distinto —repuso Biscarat—; como eres mi sargento, me toca obedecer. Y, dando un salto atrás, el guardia rompió su espada en su rodilla para no rendirla, arrojó los pedazos por encima de la cerca del convento, y, cruzando los brazos, se puso a silbar un aire cardenalista.
Como siempre que el valor ha sido respetado, aun en un enemigo, los mosqueteros saludaron a Biscarat con sus espadas y envainaron. D’Artagnan hizo lo mismo, luego, con ayuda de Biscarat, único que permaneciera en pie, llevó bajo el pórtico del convento a Jussac, Cahusac y al adversario de Aramis, que solamente estaba herido. El cuarto, como ya hemos manifestado, habÃa perecido. Luego tiraron de la campana, y llevándose de cinco espadas cuatro, se encaminaron ebrios de gozo al palacio de m. de Tréville.
Los vencedores, que iban del brazo y cogÃan toda la anchura de la calle, se llevaban tras sà cuantos mosqueteros encontraban al paso, de modo que al término de su camino aquella fue una verdadera marcha triunfal. D’Artagnan, loco de entusiasmo, iba entre Athos y Porthos, a quienes estrechaba con ternura el brazo.
—Si todavÃa no soy mosquetero, heme por lo menos recibido aprendiz, ¿no es verdad? —dijo nuestro gascón a sus nuevos amigos al entrar en el palacio de m. de Tréville.