Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Grande fue el gozo de los cuatro compañeros, que enviaron por delante a sus lacayos con los equipajes.

El cardenal acompañó a su majestad desde Surgères hasta Mauzé, donde el rey y su ministro se despidieron con grandes demostraciones de amistad.

Con todo eso, Luis XIII, que iba en pos de distracción, a la vez que caminaba tan rápidamente como le era posible, pues deseaba llegar a París el 23, se detenía de cuando en cuando para cazar con urraca, distracción a la que le inclinara en otro tiempo Luynes y por la cual conservara siempre gran predilección. Cuando eso sucedía, de los veinte mosqueteros dieciséis recibían honda satisfacción en aquel agradable entretenimiento; pero cuatro maldecían a más no poder. D’Artagnan sobre todo sentía perpetuos zumbidos en los oídos, lo que Porthos explicaba diciendo que por boca de una dama de alto copete sabía que tales zumbidos significaban que en alguna parte alguien habla de quien los oye.

Por fin, el 23 por la noche la escolta atravesó París, y el rey dio las gracias a Tréville, al mismo tiempo que le concedió permiso para que distribuyera licencias para cuatro días, con la condición de que ninguno de los favorecidos se presentase en sitio público, so pena de ir a parar en la Bastille.


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