Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—También nosotros poseemos dinero —repuso Athos con la mayor calma—, pues yo no me he bebido todavía el que me queda del diamante, ni Porthos y Aramis se lo han comido del todo. Así pues, de la misma manera reventaremos un caballo que cuatro. Pero atended, D’Artagnan —añadió el mosquetero con voz tan sombría que hizo estremecer al mancebo—, que Béthune es una ciudad adonde Richelieu ha citado a una mujer que dondequiera va lleva la desventura consigo. Si no tuvieseis que habéroslas más que con cuatro hombres, os dejaría ir solo; pero teniendo, como tenéis, que luchar con esa mujer, vayamos cuatro, y permita Dios que con nuestros cuatro lacayos seamos suficientes.

—Me asustáis, Athos —exclamó D’Artagnan—, ¿qué teméis?

—¡Todo! —respondió Athos.

D’Artagnan miró los rostros de sus amigos, en los que, como en el de Athos, se traslucía la inquietud más profunda, y continuaron a escape su camino, pero sin añadir una palabra más.




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