Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Por la tarde del 25, al entrar en Arras y en el instante en que D’Artagnan se apeaba a la puerta del mesón de la Herse d’Or para beber un vaso de vino, del patio de la posta salió un jinete que acababa de relevar, y que, montado en un caballo de refresco, tomaba, al galope, el camino de París. Al salir a la calle por la puerta principal, el viento abrió al jinete el embozo de la capa en la que iba envuelto pese a estar todavía en agosto, y le arrebató el sombrero, al que retuvo con sus manos en el instante en que ya se le había separado de la cabeza y volvió a encasquetárselo apresuradamente.

D’Artagnan, que tenía los ojos clavados en el jinete, palideció y dejó caer su vaso.

—¿Qué os pasa, mi amo? —preguntó Planchet—. ¡Venid, señores, m. D’Artagnan se ha puesto malo!

Los tres amigos acudieron presurosos y encontraron a D’Artagnan que, en lugar de haberse puesto enfermo, se encaminaba precipitadamente en busca de su caballo.

—¿Adónde vas con tal prisa? —le preguntó Athos, deteniéndole en el umbral de la puerta.

—¡Es él! —respondió D’Artagnan, pálido de cólera y trasudando—; dejadme que le dé alcance.

—¿Quién es él? —preguntó Athos.

—¡Él, aquel hombre!

—¿Qué hombre?


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