Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Mi genio del mal, que se me presenta siempre que me acecha alguna desgracia: el que acompañaba a la mujer infernal cuando la vi por primera vez, el hombre en busca del cual iba yo cuando provoqué a nuestro amigo Athos, el que vi la mañana misma del día en que mm. Bonacieux fue secuestrada. Es él, le he conocido al abrirle el viento su embozo.

—¡Diantre! —profirió Athos, pensativo.

—A caballo, amigos míos; persigámosle y démosle alcance.

—Considerad que va en dirección contraria a la que nosotros seguimos —arguyó Aramis—, que monta un caballo de refresco y los nuestros están fatigados, y, por consiguiente, que los reventaremos sin tener siquiera la probabilidad de alcanzarle. Dejemos, pues, al hombre, D’Artagnan, y salvemos a la mujer.

—¡Eh! ¡Caballero! —gritó un mozo de cuadra, corriendo detrás del desconocido—. ¡Caballero! ¡Eh! ¡Se os ha caído del sombrero este papel!

—Ahí va por él media pistola —dijo D’Artagnan al gritador—; dádmelo.

—De mil amores, caballero, tomadlo —repuso el mozo de cuadra, que entró de nuevo en el patio del mesón, loco de contento por la ganancia que le había proporcionado el día.

—¿Qué reza ese papel? —preguntaron Athos, Porthos y Aramis, rodeando a D’Artagnan.


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