Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros A su eminencia m. cardenal de Richelieu, en su campamento de La Rochelle. Tranquilícese vuestra eminencia; su gracia el duque de Buckingham no partirá para Francia.
MILADY DE ***
P. D. Cumpliendo los deseos de vuestra eminencia, salgo para el convento de las carmelitas de Béthune, donde esperaré sus órdenes.
Efectivamente, aquella misma tarde milady se puso en camino, y cuando cayó la noche se apeó en una venta, de la que partió a las cinco de la mañana del siguiente día, para tres horas después entrar en Béthune y encaminarse al convento de las carmelitas en cuanto a sus instancias le hubieron dicho dónde estaba.
La priora se adelantó a recibir a milady, a quien, después de haber leído la orden del cardenal que la recién llegada le exhibiera, hizo que le dieran una celda y le sirviesen de almorzar.
En los ojos de milady se había borrado ya del todo lo pasado; con la mirada en el porvenir, aquella veía únicamente la encumbrada representación social que le reservaba su eminencia, a quien acababa de servir de manera tan afortunada, sin que su nombre sonara lo más mínimo en aquel sangriento asunto.