Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Las incesantemente renovadas pasiones que la consumían daban a la vida de milady la apariencia de las nubes que bogan por el espacio, que ora reflejan el azul de los cielos, ora el fuego, ya la opaca negrura de la tormenta, y que no dejan sobre la tierra más huella que la de la devastación y la muerte.

En cuanto milady hubo almorzado, la abadesa entró a visitarla en su celda; y es que el claustro ofrece tan pocas distracciones que la buena superiora deseaba conocer cuanto antes a su nueva pupila.

Milady se había propuesto cautivar a la abadesa, lo cual no ofrecía dificultad alguna para ella, que realmente era mujer de talento; intentó mostrarse amable, y estuvo encantadora, y sedujo a la buena madre con la amenidad de su conversación y sus gracias personales.

La abadesa, que era de noble cuna, gustaba grandemente de las crónicas de la corte, que tan rara vez llegan a los confines del reino y que, sobre todo, con tanta dificultad salvan los muros de los conventos, en cuyos umbrales van a expirar los murmullos mundanales.



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