Los Tres Mosqueteros

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Milady, al contrario, estaba muy al cabo de las intrigas aristocráticas, en medio de las cuales viviera constantemente los últimos cinco años. Milady habló, pues, a la abadesa de las costumbres mundanas de la corte de Francia, entreveradas con la exagerada devoción del rey; le hizo la crónica escandalosa de los señores y de las damas de la corte, a quienes la abadesa conocía de nombre, y trató superficialmente de los amores de la reina y de Buckingham y de otras muchas cosas más con objeto de que su interlocutora también dijese algo.

Pero la priora se limitó a escuchar y a sonreír. Con todo eso, milady, al ver que semejante conversación era sumamente agradable a la religiosa, la continuó, pero haciéndola recaer en Richelieu.

No obstante, milady estaba más que medianamente perpleja, pues ignoraba si su oyente era monárquica o cardenalista: así pues, guardó una distancia prudente; pero la abadesa se mantuvo por su parte en una reserva todavía más cauta, ciñéndose a inclinar profundamente la cabeza cada vez que la viajera profería el nombre del cardenal.




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