Los Tres Mosqueteros

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Milady empezó a temer que iba a aburrirse de lo lindo en el convento; así pues, resolvió soltar alguna prenda para saber con certeza a qué atenerse. Deseosa de ver hasta dónde llevaría su discreción la buena abadesa, se puso a hablar, muy disimuladamente al principio, pero luego abiertamente de su eminencia, contando los amores del ministro con mm. d’Aiguillon, con Marion de Lorme y con otras mujeres galantes.

La abadesa escuchó con más atención, se animó poco a poco y sonrió.

Parece que va gustándole mi discurso, dijo para sí milady; si es cardenalista, por lo menos lo es sin fanatismo.

Y, levantando otra vez la voz, milady soltó la tarabilla respecto de las persecuciones de que el cardenal hacía blanco a sus enemigos.

La abadesa no dio muestra alguna de aprobación o desaprobación; lo único que hizo fue persignarse.

Lo cual afirmó a milady en su creencia de que la abadesa tenía más de monárquica que no de cardenalista.

Milady continuó, pues, cargando cada vez más la mano.


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