Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—En estos asuntos soy muy lega —dijo por fin la priora—, pero por más que vivimos alejadas de la corte y apartadas de los intereses mundanos, tenemos ejemplos muy tristes de lo que estáis contando: a una de nuestras pupilas le han causado infinitas pesadumbres las venganzas y las persecuciones del cardenal.

—¿Una de vuestras pupilas? —profirió milady—. ¡Pobre mujer! La compadezco.

—Hacéis bien, porque es digna de lástima: se ha visto presa, amenazada, maltratada, qué sé yo. Pero ¿quién sabe si en realidad m. el cardenal tenía razones plausibles para obrar así? La pupila esa parece un ángel, es verdad, pero no hay que juzgar siempre al prójimo por las apariencias.

¡Cáspita! Estoy de suerte, puede que aquí descubra yo algo provechoso, dijo para sí milady, aplicándose en imprimir a su rostro la más acabada expresión de candor. Y, levantando la voz, repuso:

—¡Ay! Ya sé que dicen que no hay que dar crédito a las fisonomías; sin embargo, ¿en qué creer si no es en la más hermosa obra de Dios? En cuanto a mí, quizá viva engañada toda mi vida, pero confiaré siempre en una persona cuyo rostro me inspire simpatía.

—Entonces ¿estaríais dispuesta a creer que la joven de quien os hablo es inocente? —repuso la abadesa.


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