Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Adónde ir? ¿Os parece a vos, señora, que en la tierra hay algún lugar que pueda ponerse fuera del alcance del cardenal, si a este se le antoja alargar la mano? Si yo fuese hombre, todavÃa; pero ¡una mujer…! ¿Qué queréis que haga una mujer? Decidme, ¿ha intentado huir la joven pupila de quien me habéis hablado?
—No, en verdad; pero con ella es distinto; tengo para mà que la retiene en Francia el amor.
—¿Ama? Entonces no es del todo desgraciada —repuso milady, lanzando otro suspiro.
—¿Conque también vos sois una pobre perseguida? —profirió la abadesa mirando a milady con interés cada vez mayor.
—¡Ay! ¡SÃ! —respondió aquella mujer terrible.
—¿No sois enemiga de nuestra sacrosanta fe? —preguntó la abadesa, balbuciendo y después de haber mirado con inquietud a milady, como si de su espÃritu hubiese surgido un nuevo pensamiento.
—¡Yo, protestante! —exclamó milady—. ¡Oh! Dios que nos está oyendo es testigo de mi ferviente catolicismo.