Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Milady abrió la ventana e hizo seña a mm. Bonacieux de que se le acercara.
La joven obedeció. Rochefort pasó al galope.
—Adiós, hermano mío —gritó milady.
El jinete levantó la cabeza, vio a las dos mujeres y, sin acortar la marcha de su cabalgadura, hizo una amistosa seña con la mano.
—¡Oh, buen Georges! —dijo milady, cerrando nuevamente la ventana, dando a su rostro una expresión llena de afecto y melancolía, y sentándose otra vez en el sitio del que se levantara, con ademán del que está abismado en reflexiones personales.
—Perdonadme si os interrumpo, señora mía —dijo mm. Bonacieux—; pero vos, que sois más experimentada que yo, ¿qué me aconsejáis?
—Primeramente —profirió milady—, es fácil que yo me equivoque y que verdaderamente vengan en vuestro socorro D’Artagnan y sus amigos.
—¡Oh! —exclamó mm. Bonacieux—. Habría sido demasiado halagüeño y tanta dicha no es para mí.
—Como comprenderéis, en el caso de que fuese cierta la llegada de vuestros auxiliadores, no sería más que asunto de tiempo, como una carrera hípica en la que todos contenderían para ver quién llegaba el primero. Si vuestros amigos triunfan en rapidez, estáis salvada, si lo hacen los satélites del cardenal, no hay remedio para vos.