Los Tres Mosqueteros

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Ahora bien, de sus meditaciones llegó milady a la conclusión siguiente: mm. Bonacieux la seguiría sin recelo y, una vez escondida con ella en Armentières, sería fácil darle a entender que D’Artagnan no había ido a Béthune. Dentro de quince días, a más tardar, Rochefort estaría de regreso, y, por otra parte, durante aquel lapso, arbitraría en su mente la manera de vengarse de los cuatro amigos. ¡Bah! No la mataría el tedio, pues contaría con el pasatiempo más agradable que los acontecimientos pudiesen ofrecer a una mujer de su temperamento, el de dar la última mano a sus proyectos de venganza, pero de venganza cumplida.

Mientras meditaba, milady inspeccionaba el terreno y clasificaba en su cabeza la topografía del huerto. Milady era como un buen general que prevé a la vez la victoria y la derrota, y que, según las alternativas de la batalla, está pronto a avanzar o a batirse en retirada.

Una hora después, oyó milady una voz suave que la llamaba y que no era otra que la de mm. Bonacieux.

Como era natural, la buena abadesa había accedido a todo y, para empezar, las dos mujeres iban a cenar juntas.

Al llegar al patio, milady y mm. Bonacieux oyeron el ruido de un coche que se detenía a la puerta.

—¿Oís? —preguntó milady.

—Sí, es el rodar de un coche.


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