Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Las sospechas de milady respecto de mm. Bonacieux eran infundadas, pues la pobre era demasiado pura para suponer que en el pecho de una mujer pudiese anidarse tanta perfidia; de otra parte, el nombre de la condesa de Winter, que ella oyera pronunciar por la abadesa, le era del todo desconocido, y, además, ignoraba que una mujer hubiese intervenido en tal grado y de un modo tan fatal en sus desventuras.
—Ya lo veis, todo está preparado —dijo milady a mm. Bonacieux asà que se hubo ido el lacayo—. La abadesa no sospecha lo más mÃnimo y cree que vienen a buscarme de parte del cardenal. El lacayo ese va a dar ahora las últimas órdenes; comed algo, bebeos un dedo de vino y partamos.
—SÃ, partamos —dijo maquinalmente mm. Bonacieux. Milady hizo seña a su compañera de que tomase asiento frente a ella, le escanció un vasito de vino de España y le sirvió una pechuga de pollo. Luego dijo:
—Todo nos secunda: la noche llega; a más tardar, al amanecer estaremos ya en nuestro refugio, sin que nadie pueda sospechar dónde nos hallamos. Venga, valor, comed en dos bocados.
Mm. Bonacieux comió maquinalmente un poco y humedeció los labios en su vaso.