Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Haced lo que yo —repuso milady, levantando el suyo. Pero en el instante en que lo llevaba a la boca, detuvo la mano; acababa de oÃr, hacia el lado de la carretera, ruido como de tropel de caballos que iba acercándose por momentos acompañado de relinchos.
Aquel ruido arrancó de su alegrÃa a milady como el fragor de la tempestad despierta en medio de un sueño hermoso.
Milady palideció y se abalanzó a la ventana, mientras mm. Bonacieux se levantaba, temblorosa, y se apoyaba en su silla para no dar con su cuerpo en tierra.
Aun no se veÃa nada, solo se oÃa el ruido de las cabalgaduras, cada vez más cercano.
—¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —exclamó mm. Bonacieux—. ¿Qué ruido es ese?
—El de nuestros amigos o el de nuestros enemigos —respondió milady con su increÃble impasibilidad—; no os mováis de aquÃ, voy a decÃroslo.
Mm. Bonacieux permaneció en pie, muda, inmóvil y pálida como una estatua.
El ruido iba creciendo por momentos; los caballos no debÃan de hallarse más que a unos ciento cincuenta pasos, y el no verlos aún obedecÃa a que el camino hacÃa recodo. Con todo eso, el ruido era ya tan claro, que se podrÃan haber contado los caballos por el graneado golpear de sus herraduras.