Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Como no habÃa más que la luz precisa para conocer a los que llegaban, milady tenÃa concentrada toda su atención en la mirada.
Prontamente, a la vuelta del camino, la acechadora vio relucir galoneados sombreros y ondular plumas, y contó hasta ocho jinetes, uno de los cuales precedÃa a los demás dos larguras de caballo.
Milady ahogó un gemido; acababa de reconocer a D’Artagnan en el que iba al frente del pequeño escuadrón.
—Por Dios, ¿qué pasa? —preguntó mm. Bonacieux.
—Son guardias del cardenal, no hay que perder un instante. ¡Huyamos! ¡Huyamos! —exclamó milady.
—SÃ, huyamos —repitió mm. Bonacieux, pero sin poder dar un paso, de tal suerte el terror la tenÃa clavada en el sitio.
Los jinetes pasaron por debajo de la ventana.
—¿Qué hacéis? Venid, venid —decÃa milady, tirando del brazo a la joven—. Gracias al huerto, todavÃa podemos huir, tengo en mi poder la llave; pero apresurémonos, dentro de cinco minutos será demasiado tarde.
Mm. Bonacieux intentó andar, pero a los dos pasos se desplomó sobre sus rodillas.
Milady hizo un esfuerzo para levantarla y tomarla en peso, pero fue en vano.