Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Pocos minutos después llamaron estrepitosamente a la puerta.

Mm. Bonacieux esperaba por momentos ver entrar de nuevo en la celda a milady, pero milady no aparecía, y de terror, sin duda, su ardorosa frente se le inundaba de frío sudor.

Por fin, la desventurada oyó el rechinar de las rejas al girar sobre sus goznes, en la escalera resonó ruido de botas y de espuelas, y se despertó un murmullo de voces, en medio de las cuales le pareció oír su nombre.

De pronto, mm. Bonacieux lanzó un grito de gozo y se abalanzó a la puerta: acababa de conocer la voz de su amado.

—¡D’Artagnan! ¡D’Artagnan! —gritó la joven—. ¿Sois vos? ¡Por aquí! ¡Por aquí!

—¡Constance! ¡Constance! —respondió el mozo—. ¿Dónde estáis?

En esto la puerta cedió a un choque, más bien que no se abrió, y algunos hombres se precipitaron en la celda.

Mm. Bonacieux, incapaz de moverse, había caído en un sillón.


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