Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan arrojó una pistola todavía humeante que traía en la mano y se lanzó a los pies de su amada; Athos volvió al cinto la suya, y Porthos y Aramis restituyeron a sus respectivas vainas sus desnudas espadas.

—¡Oh! ¡D’Artagnan! ¡Mi amado D’Artagnan! ¡Por fin has venido! ¡No me habías engañado! ¡Eres tú!

—Sí, Constance, aquí estamos reunidos.

—¡Oh! Por más que ella decía que no vendrías, la esperanza no me desamparaba. ¡Qué bien he hecho en no querer huir! ¡Qué dichosa soy!

Athos, que se había sentado tranquilamente, al oír el vocablo «ella» se levantó presuroso.

—¿Quién es ella? —preguntó D’Artagnan.

—Mi compañera, la que movida por su amistad hacia mí quería librarme de mis perseguidores y que, tomándoos por guardias del cardenal, acaba de huir.

—¡Vuestra compañera! —exclamó D’Artagnan, poniéndose más pálido que las blancas tocas de su amada—, ¿de qué compañera queréis hablarme?

—De aquella a quien estaba aguardando a la puerta su coche, de una mujer que dice que es vuestra amiga y a quién vos se lo habéis contado todo.

—¿Cómo se llama? ¿Sabéis cómo se llama? —preguntó D’Artagnan.


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