Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Sí sé, ante mí ha pronunciado su nombre; aguardaos… pero es singular… ¡Dios mío! Se me turba la cabeza, no veo…

—¡A mí, amigos míos! Sus manos están heladas —exclamó D’Artagnan—. Constance se siente enferma, pierde los sentidos…

Mientras Porthos pedía socorro con toda la fuerza de su voz, Aramis se abalanzó a la mesa para coger un vaso de agua; pero se detuvo al notar la terrible alteración del rostro de Athos, que, en pie ante la mesa y con los cabellos erizados, miraba con estupefacción y al parecer preso de una duda horrible uno de los vasos.

—No, no es posible —decía Athos—, Dios no permitirá tan espantoso crimen.

—¡Agua! ¡Agua! —gritaba D’Artagnan.

—¡Oh! ¡Pobre mujer! ¡Pobre mujer! —murmuraba Athos con voz entrecortada.

Al calor de los besos de D’Artagnan, mm. Bonacieux volvió a abrir los ojos.

—¡Se recobra! —profirió el mozo—. ¡Gracias, Dios mío!

—Señora, señora —dijo Athos—, ¿de quién es este vaso vacío?

—Mío, señor… —respondió con voz moribunda la joven.

—¿Quién ha escanciado el vino que en él había?


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