Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Ella.

—Pero ¿quién es ella?

—¡Ah! Ya me acuerdo —dijo mm. Bonacieux—, la condesa de Winter…

Los cuatro amigos lanzaron a la vez una exclamación, pero la de Athos dominó la de todos.

Mm. Bonacieux se puso lívida y, pasto de agudísimo dolor interno, cayó entre jadeos y gemidos en brazos de Porthos y de Aramis.

—¡Qué! Tú crees… —dijo D’Artagnan, asiendo las manos de Athos con angustia indecible y cortándole la voz un sollozo.

—Todo lo creo —repuso Athos, clavándose los dientes en los labios para no suspirar.

—¡D’Artagnan…! ¡D’Artagnan…! —profirió mm. Bonacieux—. ¿Dónde estás? No me dejes, ya ves que me estoy muriendo.

El gascón, que retenía entre sus crispadas manos las de su amigo, se las soltó para acudir a su amada.

Mm. Bonacieux no parecía la misma: tenía desencajado el rostro y turbia y vaga la mirada, mientras su cuerpo era objeto de un temblor convulso y por la frente le corrían gruesas gotas de sudor.

—Por Dios, pedid socorro, Porthos y Aramis, pedid socorro inmediatamente.

—Sí, ¡socorro! ¡Socorro! —murmuró mm. Bonacieux.


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