Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Esta llamó a sí todas sus fuerzas, cogió la cabeza de D’Artagnan con ambas manos, lo miró por un instante como si toda su alma se le hubiese concentrado en los ojos y, en medio de un sollozo, le besó la boca.

—¡Constance! ¡Constance! —exclamó D’Artagnan.

De los labios de mm. Bonacieux se escapó un suspiro que desfloró los del mozo; el alma casta y amante de la desventurada acababa de remontarse al cielo.

D’Artagnan, al ver que ya no abrazaba más que un cadáver, lanzó un gran grito y cayó junto a su amada, tan pálido y tan frío como ella.

Porthos lloró, Aramis blandió los puños y Athos se persignó.

En esto apareció a la puerta un hombre casi tan pálido como los que estaban en la celda; y tendiendo en torno de sí la mirada, vio a mm. Bonacieux muerta y a D’Artagnan sin sentidos.

—No me equivoqué —dijo el recién llegado, que se presentaba en el preciso instante de estupor que sigue a las grandes catástrofes—, ahí está m. D’Artagnan, y vosotros tres, señores, sois sus amigos Athos, Porthos y Aramis.

Los tres amigos de D’Artagnan miraron con extrañeza al extranjero, y a los tres les pareció conocerlo.


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