Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No, señor —respondió Tréville, que de buenas a primeras vio el rumbo que iba a tomar el asunto—; al contrario, son lo mejor que vuestra majestad pueda imaginar, son mansÃsimos corderos que no alientan más que un deseo, del que yo salgo garante, y es el de no desenvainar la espada más que para el servicio de vuestra majestad. Pero, qué queréis, señor, los guardias de m. el cardenal les buscan incesantemente quimera, y para honra del cuerpo los pobres se ven constreñidos a defenderse.
—¡Escuchad! —profirió el rey—, escuchad a m. de Tréville, cualquiera dirÃa que habla de una comunidad religiosa. En verdad, mi querido capitán, me asaltan tentaciones de retiraros vuestro despacho y darlo a mlle. de Chemerault, a quien he prometido una abadÃa. Pero no imaginéis que me contento con lo que me decÃs. Me apellidan Luis el Justo, m. de Tréville, y pronto veremos.
—Señor, precisamente porque fÃo en esa justicia aguardaré con paciencia y sosiego la decisión de vuestra majestad.
—Aguardad, pues —dijo el rey—, no tendréis que molestaros mucho.