Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros En efecto, el viento de la suerte dio en soplar en otra dirección, y como el rey empezaba a perder lo que habÃa ganado, le venÃa de perlas hallar un pretexto para hacer carlomagno —y perdónenos el lector este vocablo de jugador del que no conocemos el origen—. Se levantó, pues, el rey poco después, y embolsando el dinero que ante si tenÃa y cuya mayor parte procedÃa de su ganancia, dijo a uno de los circunstantes:
—La Vieuville, ocupad mi sitio, me urge hablar de un asunto importante con m. de Tréville. ¡Ah!…, ante mà tenÃa ochenta luises; poned la misma cantidad, a fin de que los perdidosos no tengan motivo de queja. La justicia ante todo.
Luego se volvió el rey hacia m. de Tréville, y encaminándose con este al vano de una ventana, continuó:
—¿DecÃais que los que han buscado quimera a vuestros mosqueteros son los guardias de su eminencia?
—SÃ, señor, como siempre.
—¿Y cómo se ha originado la riña? Vamos a ver; porque vos ya sabéis, mi querido capitán, que un juez debe escuchar a las dos partes.