Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Del modo más sencillo y natural del mundo, señor —respondió Tréville—. Tres de mis mejores soldados, a quienes vuestra majestad conoce de oÃdas, tres soldados que en repetidas ocasiones han probado a vuestra majestad su abnegación, y que toman muy a pecho el serviros, tres de mis mejores soldados, repito, los señores Athos, Porthos y Aramis, habÃan proyectado una partida de campo con un joven cadete de Gascuña que les recomendara yo por la mañana. Si mal no me acuerdo, el punto designado para la fiesta era Saint-Germain, y el lugar de la cita los Carmes-Deschaux, cuando resulta que una vez reunidos, se han visto perturbados por m. de Jussac y los señores Cahusac, Biscarat y otros dos guardias que sin duda no se han presentado en aquel sitio en tan numerosa compañÃa sin malas intenciones contra los edictos.
—¡Ah! Ahora me hacéis caer en ello —repuso el rey—; apostarÃa que los guardias iban allá para pelear entre sà ellos mismos.
—Señor —profirió Tréville—, no les acuso, pero vuestra majestad juzgará qué pueden ir a hacer cinco hombres armados en un lugar tan desierto como lo son las cercanÃas del convento de los carmelitas.
—Os sobra la razón, Tréville, os sobra la razón.