Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Al ver a los mosqueteros, los guardias han mudado de consejo, olvidando su odio particular para no pensar más que en el odio de cuerpo; porque vuestra majestad no ignora que los mosqueteros, que pertenecen al rey y a nadie más que al rey, son los enemigos naturales de los guardias, que pertenecen al cardenal.
—Lo sé, Tréville, lo sé —profirió Luis XIII con melancolÃa—, y creedme, es muy triste que en Francia haya dos partidos, dos jefes de Estado; pero eso acabará. DecÃais, pues, que los guardias han buscado quimera a los mosqueteros.
—Digo que es probable que asà haya sucedido, pero no lo jurarÃa. Ya sabéis cuán difÃcil es conocer la verdad, señor, y a menos de estar dotado del admirable instinto que ha valido a Luis XIII el dictado de Justo…
—Tenéis razón, Tréville, pero vuestros mosqueteros no iban solos, llevaban consigo un niño.
—Es verdad, señor, y un hombre herido, de modo que tres mosqueteros, uno de ellos herido, y un muchacho, no solo han hecho cara a cinco de los más terribles guardias de m. el cardenal, mas también han tendido a cuatro de ellos.
—Esto es una victoria, y victoria completa —exclamó el rey, colmado de gozo.
—Tanto como la del puente de Cé, señor.