Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿DecÃs que eran cuatro hombres, de ellos uno herido y otro un niño?
—Apenas mozo; y por cierto que se ha portado tan admirablemente en esta ocasión, que me animo a recomendarlo a vuestra majestad.
—¿Se llama?
—D’Artagnan, señor. Es hijo de uno de mis más añejos amigos, un sujeto que hizo con vuestro padre, de gloriosa memoria, la guerra de guerrillas.
—¿DecÃs que ese mozo se ha portado bien? Contadme lo que ha pasado, Tréville; ya sabéis cuánto me placen los relatos de guerras y combates.
Y el rey Luis XIII se atusó con ademán altivo el bigote y se afirmó sobre una de sus caderas.
—Señor —prosiguió Tréville—, como ya os he dicho, D’Artagnan es casi un niño, y como no tiene la honra de ser mosquetero, vestÃa a lo paisano; los guardias del cardenal, al ver su mucha juventud, y, además, que no pertenecÃa al cuerpo, le han incitado a que se marchase antes de que ellos atacaran.
—Ya veis que son ellos los que han acometido —interrumpió el rey.
—Es cierto, señor: ya no queda la más mÃnima duda; le han intimado pues que se retirara; pero él ha respondido que era mosquetero de corazón y devoto del rey, y que, por lo tanto, con los mosqueteros se quedaba.
—Valiente es el mozo —murmuró Luis XIII.