Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Efectivamente, con los mosqueteros se ha quedado, y para que vuestra majestad vea si en D’Artagnan tiene un firme campeón, sepa que él ha sido quien ha dado a Jussac la terrible estocada que de tal suerte ha irritado al cardenal.
—¡Cómo! ¿D’Artagnan es quien ha herido a Jussac? —exclamó el rey—. ¡D’Artagnan! ¡Un niño! Es imposible.
—Es tal cual tengo la honra de decírselo a vuestra majestad.
—¡Jussac, uno de los primeros espadachines del reino!
—Pues ha hallado la horma de su zapato, señor.
—Quiero conocer a ese mozo, Tréville, y si podemos hacer algo por él, de mil amores.
—¿Cuándo se dignará recibirle vuestra majestad?
—Mañana a mediodía.
—¿Lo acompañaré yo solo?
—No, veníos con los cuatro. Quiero dar a la vez las gracias a todos; los hombres abnegados escasean, Tréville, y hay que recompensar la abnegación.
—A mediodía estaremos en el Louvre, señor.
—¡Ah! Subid por la escalerilla; es inútil que el cardenal se entere.
—Está bien, señor.