Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Vos ya comprendéis que los edictos se dan para que se cumplan, y que al fin y a la postre está prohibido batirse.

—Pero el choque de esta mañana se aparta de todo en todo de las condiciones ordinarias de un duelo: ha sido una riña, y la prueba está en que eran cinco guardias del cardenal contra mis tres mosqueteros y m. D’Artagnan.

—Cierto es —profirió el rey—, pero no importa, subid por la escalerilla.

Tréville se sonrió; mas como ya era mucho haber obtenido que el rey se rebelase contra su señor, saludó respetuosamente a su majestad y, con su venia, se retiró.

Aquella misma noche, los tres mosqueteros supieron la honra que les esperaba, pero como hacía mucho tiempo que conocían al rey, su entusiasmo no fue muy grande. Ahora, por lo que respecta a D’Artagnan, con ayuda de su imaginación gascona vio su porvenir en tal recepción, y se pasó la noche haciendo castillos en el aire. No es extraño, pues, que a las ocho de la mañana estuviese ya en casa de Athos.


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