Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Ya lo veis —dijo Athos, mostrando a lord Winter el cadáver de mm. Bonacieux y a D’Artagnan, a quien Porthos y Aramis se esforzaban en devolver a la vida.

—¿Conque los dos están muertos? —preguntó fríamente el inglés.

—No, por fortuna —respondió Athos—, m. D’Artagnan solo está desmayado.

—¡Ah! Mejor —profirió lord Winter.

En esto el gascón abrió los ojos, y, arrancándose de los brazos de Porthos y de Aramis, se arrojó como un loco sobre el cuerpo de su amada.

Athos se levantó, se acercó con paso lento y solemne a su amigo, lo abrazó con ternura, y al ver que este rompía en sollozos, le dijo con su tan noble como persuasiva voz:

—Sé hombre, amigo mío: las mujeres lloran a los muertos, los hombres los vengan.

—¡Oh! Si es para vengarla, estoy pronto a seguirte —exclamó D’Artagnan.

Athos aprovechó el instante aquel en que la esperanza de vengarse devolvió las fuerzas a su amigo para recomendar por señas a Porthos y a Aramis que saliesen en busca de la abadesa.

Los dos amigos encontraron en el corredor a la superiora, todavía turbada y aterrada por el cúmulo de acontecimientos que habían llovido sobre aquella santa casa.


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