Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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La abadesa llamó a algunas monjas que, contra todas las costumbres monásticas, se hallaron en presencia de cinco hombres.

—Señora —dijo Athos a la abadesa, mientras cogía del brazo a D’Artagnan—, dejamos a vuestro piadoso cuidado el cuerpo de esta mujer desventurada; fue un ángel en la tierra antes de serlo en el cielo. Tratadla como trataríais a una de vuestras reclusas; más adelante volveremos para orar sobre la tumba en que descansen sus cenizas.

D’Artagnan escondió el rostro en el pecho de Athos y rompió en sollozos.

—Llora —dijo Athos a su amigo—, llora, corazón lleno de amor, juventud y vida. ¡Ay! Quién me diera a mí el poder llorar como tú lloras.

Y, afectuoso como un padre, consolador como un sacerdote, grande como el hombre que ha sufrido mucho, Athos se llevó consigo a D’Artagnan.

Los cuatro amigos y lord Winter, seguidos de sus lacayos, que conducían por las bridas sus monturas y las de sus amos, se encaminaron a la ciudad de Béthune, de la que desde el convento se divisaban los arrabales, y se detuvieron en el primer mesón que encontraron.

—¡Qué! ¿No perseguimos a esa mujer? —preguntó D’Artagnan.

—Luego —respondió Athos—, antes tengo que tomar algunas disposiciones.


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