Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Va a escapársenos —repuso el mozo—, y tú tendrás la culpa.

—Respondo de ella —dijo Athos.

D’Artagnan, que tenía ilimitada confianza en la palabra de su amigo, bajó la cabeza y entró en el mesón con la lengua muda.

Porthos y Aramis, que no comprendían la seguridad de Athos, cruzaron una mirada, y lord Winter se dio a entender que aquel hablara de tal suerte para adormecer el dolor de D’Artagnan.

—Ahora, señores —dijo Athos en cuanto se hubo cerciorado de que en el mesón o venta había cinco cuartos disponibles—, retirémonos cada cual a nuestro aposento; D’Artagnan necesita estar solo para llorar y dormir. Nada temáis, yo me encargo de todo.

—Me parece, sin embargo —repuso lord Winter—, que si deben tomarse prevenciones contra la condesa, eso me atañe a mí, como cuñado suyo que soy.

—Podrá ser cuñada vuestra —replicó Athos—, pero también es mi mujer.

D’Artagnan sonrió, pues comprendió que desde el momento en que su amigo revelaba tal secreto, estaba seguro de su venganza; Porthos y Aramis cruzaron una mirada y palidecieron, y lord Winter tuvo por loco rematado a Athos.


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