Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Planchet, que no necesitaba saber más, se encaminó apresuradamente al lugar de la cita, encontró en sus apostaderos a los otros tres lacayos, los puso de centinela en las salidas del mesón, y tornó donde Athos, que acababa de recibir los informes de Planchet en el instante en que se le reunieron sus amigos, todos los cuales, incluso Aramis, tenían el rostro sombrío y crispado.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó D’Artagnan.
—Esperar —respondió Athos.
Al oír esta respuesta, cada cual se retiró a su cuarto.
A las ocho de la noche, Athos dio orden de ensillar los caballos, y mandó recado a lord Winter y a sus amigos de que se dispusiesen para la expedición.
En un instante, todos cinco estuvieron prestos, y en cuanto hubieron examinado y cebado sus respectivas espadas y pistolas, bajaron a la calle.
Athos, que fue el último en descender, encontró a D’Artagnan a caballo e impacientándose.
—Calma, calma —dijo Athos—, todavía no estamos todos, falta, uno.
Los cuatro jinetes tendieron en torno de sí una mirada de extrañeza, pues en vano buscaban en su mente a quién podía referirse el mosquetero.
En esto Planchet condujo el caballo de Athos, quien subió con ligereza sobre la silla, y dijo: