Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros La tempestad iba arreciando por momentos, los relámpagos se sucedían casi sin intermisión, empezaba a rugir el trueno, y el viento, precursor del huracán, silbaba en el llano, agitando las plumas y los cabellos de los jinetes.
El escuadrón arrancó al trote largo, y apenas hubo dejado a sus espaldas la aldea de Fromelles, reventó la tempestad.
Entonces los jinetes, que debían andar todavía tres leguas, y las anduvieron bajo una lluvia torrencial, se embozaron en sus capas; no así D’Artagnan, el cual no solo no se embozó, mas también se quitó el sombrero para dejar que el agua le corriese por su abrasada frente y por su cuerpo, agitado por estremecimientos nerviosos.
Poco después de haber salido de Goskal el pequeño escuadrón y al hallarse a poca distancia de la casa de postas, un hombre se apartó de un árbol a cuyo amparo se había acogido y con el cual se confundiera en la oscuridad, y colocándose en medio del camino, se llevó un dedo a los labios.
Athos conoció a aquel hombre: era Grimaud.
—¿Qué pasa? —preguntó D’Artagnan—, ¿por ventura esa mujer ha salido de Armentières?
Grimaud hizo con la cabeza una señal de afirmación.