Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Ah! —profirió el mozo, rechinando los dientes.
—¡Silencio, D’Artagnan! —dijo Athos—. Pues yo me he encargado de todo, a mà me toca interrogar a Grimaud.
—¿Dónde está? —preguntó Athos a su criado. Grimaud tendió el brazo en dirección del Lys.
—¿Muy lejos de aqu�
El interrogado levantó la diestra y dobló el Ãndice.
—¿Está sola?
Grimaud respondió que sà con la cabeza.
—Señores —dijo Athos—, está sola, a media legua de aquà y en dirección al rÃo.
—Está bien, Grimaud; guÃanos —repuso D’Artagnan. Grimaud tomó por el atajo, y sirvió de guÃa al pequeño escuadrón, que a unos quinientos pasos tuvo que vadear un arroyo.
—¿Es all� —preguntó Athos a su lacayo al divisar, a la luz de un relámpago, la aldea de Erquinghem.
Grimaud hizo con la cabeza una señal de negación.
—Silencio, pues —dijo Athos. La tropa siguió adelante.