Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Poco después brilló otro relámpago; Grimaud extendió el brazo, y a la azulada luz de la serpiente de fuego todos pudieron divisar una casita aislada, junto al río y a un centenar de pasos de una barca.

En una de las ventanas de la casita se veía luz.

—Ya hemos llegado —dijo Athos.

En esto se levantó un hombre que estaba tendido en una zanja: era Mousqueton, el cual, mostrando con el dedo la ventana alumbrada, dijo:

—Allí está.

—¿Y Bazin? —preguntó Athos.

—Estaba vigilando la puerta mientras yo hacía lo mismo con la ventana.

—Está bien —profirió Athos—, sois servidores fieles. Athos se apeó, puso en manos de su lacayo las riendas de su montura y se encaminó a la ventana después de haber recomendado por medio de una señal a los suyos que avanzaran hacia la puerta.

La casita estaba rodeada por un seto vivo, alto de dos o tres pies; Athos saltó por encima del seto y llegó hasta la ventana, que estaba desprovista de postigos, pero cuyas medias cortinillas estaban del todo cerradas.


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