Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Athos se subió sobre el alféizar a fin de poder mirar por encima de las cortinillas, y a la luz de una lámpara vio a una mujer abrigada con un manto de color oscuro, sentada en un escabel, junto a un mortecino fuego, de codos sobre una pobre mesa y con la cabeza apoyada en dos manos blancas como el marfil.
No era posible descubrir el rostro de aquella mujer, pero Athos sonrió de un modo siniestro; sí, aquella era la mujer a quien él buscaba; no podía ser otra.
En esto relinchó un caballo: milady levantó la frente y al ver pegado al vidrio el pálido rostro de Athos, lanzó un grito.
Athos, al comprender que milady lo había reconocido, con las rodillas y las manos empujó la ventana, que se abrió de par en par, al tiempo que volaban hechos pedazos sus cristales, y, cual espectro de la venganza, saltó en el aposento.
Milady se abalanzó a la puerta y la abrió; al umbral de ella estaba D’Artagnan, más pálido todavía y más amenazador que Athos. Milady retrocedió dando un grito y D’Artagnan, temeroso de que aquella tuviese por donde escaparse, sacó de su cinto una pistola.
—Volved esa arma al cinto —dijo Athos, levantando la mano—; cumple que esta mujer sea juzgada, no asesinada. Ten un poco más de paciencia, D’Artagnan, y te verás vengado. Entrad, señores.