Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esa mujer —dijo el verdugo— era años atrás una doncella tan hermosa cuanto lo es en la actualidad. Monja del convento de Benedictinas de Templemar, se propuso seducir, y lo consiguió, como hubiera conseguido seducir a un santo, a un joven sacerdote de corazón sencillo y creyente que regentaba la iglesia del convento. Ella y él habÃan hecho votos sagrados, irrevocables, y sus relaciones no podÃan durar mucho tiempo sin acarrear la pérdida de ambos. Asà las cosas, y a instancias de ella, el joven sacerdote convino en que los dos saldrÃan de aquella tierra; mas para efectuarlo, para huir juntos, para trasladarse a otra parte de Francia donde no los conocieran y pudiesen vivir tranquilos, necesitaban dinero, y como ni uno ni otro lo poseÃan, el sacerdote robó los vasos sagrados y los vendió; pero en el instante de partir, los dos cayeron en poder de la justicia. Ocho dÃas después, esta mujer habÃa corrompido al hijo del carcelero y se habÃa puesto a salvo. El joven sacerdote fue condenado a diez años de presidio y a ser marcado por mano del verdugo. Yo lo era de la ciudad de Lille, como ha dicho esta mujer, y me vi constreñido a herrar al culpable, que era, señores, hermano mÃo. Entonces hice voto de que la mujer que lo perdiera, que era más que su cómplice, pues lo habÃa empujado al crimen, compartirÃa por lo menos el castigo. Como supuse dónde se habÃa escondido, salà en su persecución, y cuando hube dado con ella, la agarroté y le imprimà la misma marca que a mi hermano. A mi regreso a Lille al dÃa siguiente, mi hermano también habÃa logrado fugarse, y habiéndoseme acusado de complicidad con él, me condenaron a ocupar su sitio hasta que aquel volviera a presentarse para extinguir su condena. Mi pobre hermano, que ignoraba este fallo, se habÃa reunido con esta mujer y con ella habÃa huido al Berry, donde obtuvo una modestÃsima parroquia, y donde hizo pasar por hermana suya a su perdedora. El señor de la tierra en que estaba enclavada la iglesia regentada por mi hermano vio a la fingida hermana, y se prendó de ella hasta el extremo de ofrecerle su mano. Entonces esta mujer abandonó al hombre a quien perdiera por el hombre a quien debÃa perder, y se convirtió en condesa de La Fère…